La importancia del oro
Hoy se habla mucho del oro y su minerĆa, pero no todos saben por quĆ© este metal ha sido, a lo largo de la historia, el mĆ”s codiciado por casi todos los pueblos del mundo.
AdemĆ”s, casi todas las religiones han acudido a su brillo y duración para adorar a los dioses y sugerir el carĆ”cter eterno del espĆritu humano. Pero tambiĆ©n es el que mĆ”s han usado imperios, Estados y banqueros para aludir a los bienes de este mundo. Como no se bruƱe ni corroe, desde hace siglos ha servido como pieza monetaria. Y para ambas esferas de la existencia, tanto la celestial como la material, el oro ha sido un medio para infundir respeto, generar devoción, publicitar el poder, y representar un antiguo anhelo de la especie: la inmortalidad. Por eso ha decorado iglesias, revestido cetros de monarcas, cubierto de joyas a las reinas y medido la opulencia de las naciones. Iluminó los textos medievales y alegorizó el cielo de la pintura bizantina. Se ha usado para laurear la excelencia, premiar el heroĆsmo, condecorar a los mĆ”rtires y poner fin a las guerras. Adornó muertos sepultados en selvas de Centro AmĆ©rica y en las dunas del Sahara. El apetito por el oro ha sido insaciable, pero los depósitos mundiales han sido escasos, y esa paradoja ha desatado miles de batallas y saqueos. Francisco Pizarro obligó a los orfebres del imperio Inca a derretir sus piezas en barras uniformes para llevarlas a EspaƱa. El exterminio de las culturas indĆgenas de AmĆ©rica Latina se debió a la sed de oro, y grandes crĆmenes de la historia, como los primeros campos de concentración (creados por los ingleses para doblegar a los Boers en las guerras de independencia en SudĆ”frica; los campos donde murieron mĆ”s niƱos de hambre que adultos en batalla), se iniciaron por la ambición del oro. Por eso Virgilio lo llamó “una sed maldita”. Aunque esa avidez tambiĆ©n produjo sus mayores reveses. A Pedro de Valdivia lo mataron los indios araucanos en 1553 al forzarlo a engullir oro lĆquido. Igual suerte corrió Marco Licinio Craso, el rico amigo de Julio CĆ©sar, en la batalla de Carras: sus enemigos le vertieron oro hirviente por la garganta.En fin, por ser denso pero flexible; indestructible pero maleable; Ćŗtil para reyes y para religiones; codiciado desde siempre y desde siempre escaso, esas paradojas han hecho que este metal sea, sin duda, el mĆ”s valioso de la historia.


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